
9 de cada 10 niños que acuden a los servicios de urgencias hospitalarias tienen fiebre, pero sólo el 5% del total de todos los menores presentados en estas dependencias quedan ingresados, revela el doctor Rafael Jiménez, catedrático de pediatría.
Este dato es un adelanto de la conferencia sobre la fiebre que el propio doctor Jiménez ofrecerá este jueves día 25 en el auditorio del Hospital San Juan de Dios de Barcelona a partir de las 7 y media de la tarde. La entrada es totalmente gratuita y sólo debe confirmarse la asistencia llamando de 9 a 1 de la mañana al teléfono 93.253.21.30, o enviando un correo electrónico a auladepediatria@hsjdbcn.org
Existen
varias medidas para bajar la fiebre: abrigar poco al niño, administrarle un antitérmico tipo paracetamol o ibuprofeno, bañarlo en agua a una temperatura de 22 o 24 grados (al contrario de lo que se cree, el agua fría no baja la fiebre ni elimina el calor porque produce un efecto vasoconstrictor en la piel). Si pasados unos 30 minutos esos recursos no hacen bajar la fiebre medio grado o 7 u 8 décimas, los padres deberían plantarse llevar a su hijo a urgencias.
El doctor Jiménez considera que es normal que los progenitores se alarmen ante un cuadro de fiebre, pero hace un llamamiento a la calma recordando un dato tan ilustrativo como empírico: "la mayoría de las personas que fallecen, fallecen sin fiebre". A la hora de valorar si una subida de la temperatura corporal en un menor esconde alguna patología seria, los facultativos
observan si la fiebre -que en realidad es un síntoma- viene acompañada de decaimiento, convulsiones, vómitos, etc.
De acuerdo con los baremos médicos, se considera que por debajo de 38 grados no hay fiebre, sino
febrícula. Entre 38 y 39 sería fiebre moderada, y a partir de 39 se habla de una hipertermia "de verdad", afirma Jiménez.
Por lo que respecta a la creencia de que
la fiebre sube por la tarde-noche, el doctor la confirma: la temperatura corporal tiene su propio ritmo circadiano que varía con la edad, de manera que hasta los dos años por la tarde puede incrementarse unas 6 décimas (de 37,5 a 38,1, por ejemplo), a partir de los dos años el aumento puede alcanzar las 0,9 décimas, y a partir de los 4 la subida puede ser de hasta un grado.
El catedrático en pediatria es reticente con respecto a la fiabilidad de los
termómetros modernos. Él prefiere los clásicos de mercurio, que deben colocarse en axila o ingle, o en la boca, vigilándose en este caso que el termómetro no se rompa, ya que el niño correría el riesgo de ingerir su contenido. En los servicios hospitalarios también se disponen de unos termómetros tipo sonda.