
Alrededor de un 30 por ciento de la población española -unos 14 millones de personas-, se encuentra en situación de riesgo de sufrir una
deshidratación: ancianos, niños, embarazadas, deportistas, enfermos crónicos o personas que trabajan al aire libre son los grupos más vulnerables frente a los efectos del calor y la insuficiente presencia de agua en el organismo, según informa el Observatorio de Hidratación y Salud (OHS). Este Observatorio ha publicado la primera
"Guía de Hidratación y Salud" para concienciar de la importancia de la ingesta de líquidos.
El organismo sufre continuas
pérdidas de líquidos, a través del sudor, de la orina, de los pulmones cuando respiramos, etc. Durante los meses de verano, con las altas temperaturas, se pueden llegar a perder 3 litros o más de líquido al día. Si no son repuestos adecuadamente, se puede sufrir una
deshidratación, lo que daría lugar a cansancio, dolor de cabeza, dificultad de concentración, malestar general, calambres musculares, sensación de náusea y aumento de la taquicardia, además de afectar negativamente a las funciones físicas y mentales y contribuir a empeorar algunas enfermedades.
Para evitar la aparición de esos cuadros,
beber agua cada poco tiempo e incluir en el total de ingestas infusiones, refrescos, zumos lácteos, caldos, etc, puede ayudar a conseguir que la cantidad de líquidos acumulada sea la adecuada.
Los
niños presentan un mayor riesgo de deshidratación que los adultos, ya que su sentido de la sed aún no se ha desarrollado lo suficiente y, al no percibir esa sensación, son más reacios a beber. Por el contrario, en el caso de las
personas mayores este mecanismo se encuentra deteriorado, por lo que, sobre todo en verano, la deshidratación suele ser causa de hospitalizaciones. Este colectivo, además, suele presentar otras enfermedades o problemas de movilidad.
Uno de los mayores riesgos para la salud que puede generar un deficiente estado de hidratación es el llamado
"golpe de calor". Esta situación se produce por un fallo de los mecanismos de regulación de la temperatura corporal. La causa suele ser la exposición directa y prolongada al sol. La
subida excesiva de la temperatura puede sobrepasar la capacidad de adaptación del cuerpo a la situación ambiental y hacer que desaparezca la sudoración, que es la forma que tiene el organismo de bajar la temperatura, por lo que se puede llegar a alcanzar los 40 o 41 grados. El golpe de calor suele empezar con signos físicos como la piel seca y enrojecida, sensación de fatiga, sed intensa, calambres musculares, náuseas, vómitos, etc y puede acabar en una pérdida de la consciencia. También se puede ver afectado el sistema circulatorio y el nervioso.
En los últimos años, las consecuencias de las
olas de calor han puesto en evidencia la falta de conocimiento sobre la necesidad de una correcta hidratación. En 2003, la falta de medidas de prevención frente a las altas temperaturas causó más de 70.000 muertos en Europa.