
El glaucoma es una enfermedad ocular que se caracteriza por no presentar síntomas en sus primeros estadios, razón por la cual se le llama "la ceguera silenciosa". El glaucoma es tan engañoso que incluso en sus fases avanzadas, cuando el paciente ya ha perdido su
visión periférica, que es la primera manifestación de la patología, aún puede conservar la visión central y eso permite al ojo mantener la capacidad de lectura, revela el doctor Sergio Bonafonte, cirujano oftalmólogo y director del Centro de Oftalmología Bonafonte.
Por todo ello, cuando alguien se somete a una revisión oftalmológica rutinaria es importante que le tomen la
presión ocular, ya que puede estar teniendo un glaucoma sin haberse dado cuenta. La presión arterial, relativa al sistema vascular y corazón, no tiene nada que ver con la presión ocular, que depende de la filtración de humor acuoso dentro del ojo y la eliminación del mismo.
Uno de los orígenes del glaucoma es la
transmisión hereditaria, si bien existen otros factores de riesgo que también juegan un papel decisivo, como la
miopía o la debilidad del nervio óptico. Algunos pacientes presentan un glaucoma de nacimiento, pero por norma general es a partir de los 40 años de edad cuando se recomienda controlarse la presión ocular con cierta regularidad.
Para el tratamiento de esta enfermedad existe un
amplio arsenal terapéutico, constituido por colirios, inhibidores de las prostaglandinas y betabloqueantes, y láser. Si todo esto fracasa, se impone la
cirugía: gracias a este método, en el 85 por ciento de los casos el glaucoma se resuelve de manera definitiva, mientras que en el 15 por ciento restante con el paso del tiempo se precisa volver a las gotas o recurrir a otra intervención quirúrgica.